A pesar de ser sometido a varias operaciones, Borges perdió paulatinamente la visión del ojo derecho,lo que forzó (y estropeó al fin)la visión del izquierdo. Los especialistas lo obligaron a dejar de leer y escribir ya en 1.955. El mundo se volvió cada día más gris; los colores fueron desapareciendo uno a uno, con excepción del persistente amarillo. Para un hombre acostumbrado a usar una caligrafía minúscula, aquellas limitaciones fueron radicales. Tuvo que aprender un nuevo oficio, el de dictar. El escritor se convirtió en dictador. (Revertía, así, a la función que el padre había ejercido cuando él era un niño).
Aprendió penosamente a ensayar cada verso en la cabeza. Cuando tenía el texto entero en la memoria, se lo dictaba a la madre y entonces ésta se lo leía y releía (con puntuación y todo) hasta que él quedara satisfecho. Pronto, amigos y parientes comenzaron a ayudar a la madre en la tarea de amanuenses de este amable pero exigente dictador. Borges les enseñó a leer en los distintos idiomas que él poseía: algunos de esos amanuenses no dominaban las lenguas que leían y apenas sabían cómo pronunciarlas. Pero la paciencia infinita y la infinita minuciosidad de Borges suplían las deficiencias. Muchos de los textos, por otra parte, se los sabía de memoria y acompañaba su lectura (relectura, para él) con una suerte de doblaje entre dientes. Poco a poco, una verdadera escuela de lectores, traductores y secretarios empezó a reunirse en torno de él. Para agradecerles el don del tiempo que le hacían, Borges a veces incluía el nombre de estos queridos amigos como coautores de su obra.
Párrafo extractado del libro "Jorge Luis Borges, Ficcionario - Una antología de sus textos"; editado por Emir Rodríguez Monegal; colección Tierra Firme; editorial Fondo de Cultura Económica; México; 1.981.
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