viernes, 8 de mayo de 2009

deseo infinito...

El Deseo Infinito

Lo más discrepante de sí mismo que existe es el amor. El amante no sabe lo que quiere; mejor dicho, quiere todo a la vez: cumplir sus ilusiones y satisfacer sus deseos. Sin embargo, nada hay que mate tanto la ilusión como realizarla, nada hay que mate tanto el deseo como su total consecución. Y qué difícil, una vez extinguidos deseos e ilusiones, resucitarlos o renovarlos. De ahí que intuya el hombre que sus plegarias nunca es bueno que sean concedidas. Mientras las manifiesta, ascienden, de peldaño en peldaño, por la escalera irreal; si descendiesen, sería funesto el resultado: primero, porque usurparían el lugar de la esperanza; segundo, porque ninguna plegaria se concede de acuerdo con la voluntad de quien implora. Precisamente por esto es por lo que la intensidad del hombre no decae: nuestras aspiraciones quedan tan lejos de nuestro alcance como las estrellas, por fortuna. Lo que ya se posee se deja de cantar y de buscar, y es justo en el empeño donde el alma del hombre obtiene sus verdaderas dimensiones.
La felicidad es un concepto subjetivo: en el proyecto, en la promesa y en la expectativa hace su nido preferente; su primer aleteo brota más en la apetencia que en el logro. De ahí que no sea más rico el que tiene, sino el que anhela, multiplicando y engrandecido por su anhelo. Es más rico quien quiera serlo aún más (no hablo de una riqueza mensurable); quien se ciegue con antojeras fáciles, quien se limite y se reduzca, no será más que un buen burro de noria cumpliendo su humillante tarea.
Todo depende de nuestro deseo y de nuestra curiosidad. Ellos son los acicates que nos impulsan a lo alto: para ver más paisaje, para presenciar el objeto del Tibidabo, para respirar más hondo, para sentirnos más pujantes. El deseo hace que se nos antoje un plato quizá no muy sabroso; sus brumas convierten en incomparables los cuerpos que acaso no lo son; sus espuelas nos llevan a recorrer caminos dificultosos, y nos los colorean y nos los magnifican. Hay quien afirma que, si se inventasen píldoras con que saciar el hambre, las preferiría a la más excelente de las comidas; y hay quien lamenta verse sometido a los fogosos tirones de la carne. Pero ¿Qué seríamos sin tales estímulos, que nos recrean sólo durante unas horas, y vuelven a encenderse, o sea, a encendernos, con su reiteración vivificante? ¿Con cuánto detenimiento y minuciosidad un condenado a muerte masticará y paladeará su cena última, o, en su último vis a vis acariciará el cuerpo de quien ama? Cuentan que Alejandro Magno se desesperaba, poco antes de morir, porque había agotado las geografías que vencer. La falta de deseos y la falta de curiosidad son los más certeros síntomas del verdadero fin.
Adivinamos que nuestras aspiraciones más hondas no se han cumplido aún, pero estamos en ello, y a cada día le corresponde su propio afán que lo identifica y lo ilumina. Y sabemos que, aunque la vida fuese mucho más larga, no lo sería tanto como para cumplir todos nuestros deseos. O acaso nuestro deseo único, el deseo infinito, que se extiende como una planta tapizante, y todo lo desplaza, y lo invade todo, y se genera a sí mismo y se sucede, y nada nos garantiza que ni dos ni tres vidas nos acercarían a él más de lo que hoy estamos. Porque lo incitador y lo reconfortante es que sea el recorrido mejor que la posada, y que el verdadero triunfo no esté en el arribo, sino en la múltiple y sorprendente opulencia del viaje.
© ANTONIO GALA

1 comentario:

  1. No pude pasar de largo... por una luna llena y un sorbo de gintonic... y por ti.

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