Monema
Te escribo inclinado, mirando mi cadáver, y aunque parezca ficción te aseguro que le doy patadas y no responde a mi voz, estoy vivo. Lo señalo con el índice del agraciado
que se vio por última vez el rostro en el plástico de una cápsula sin caribe, sin cónsul del perdón. Te escribo desde la entrega sin la huella de la institución difícil de respirar que antes de morir he dinamitado, desde la nueva hormona que me crece en lo intacto del amor. Ya no persigo, vuelvo a saludar a la lechera intuición, a la que no abría el pecho aún escuchando sus gritos en mi melindre. Néctar de memoria es lo que tengo, un operador -que no cirujano- las 24 horas anhelo de ser más. La mejor opción que me ha brindado mi posguerra, es tu mano en mis ojos que me devuelve-si algún día estuve- al ritmo solista sin suplencia, al bizarro que se salió de una fotografía para caminar por mis unánimes valles y cornisas, con el yeyuno desatado en risas por donde ardo vanguardias junto a ti, donde la sede no importa y el brote no se para nunca, pellizcado en toda la presencia por las zarpas de una voz que se reproduce en la matriz de mis suelos y me vibran las vigas del íntegro insolente a la hora del mimo.
Este pliegue, mapa de una república no proyectada sino en un aliento granizado por las maquetas y el cartón piedra que se moja en el juego del indulto que llega, es algo de lo que no sabe nada lo sintético del muerto, esta misiva es lo unívoco de cada una de mis suturas convergentes a tu zurdazo, y como sé coser palpitaciones, cocinar bancos y tactos donde sentar las partes delanteras y en el trasto meterme en tu mano, coincido con tu magia en la corteza de la embestida que un día pasó tránsfuga, del uno más, al título.
lunes, 11 de mayo de 2009
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