viernes, 19 de noviembre de 2010

Colonitzacions reeixides

09/11/10 05:00 - Ferran Suay -

Un amic meu, bon coneixedor de la història, i particularment de la relacionada amb la segona guerra mundial, em parlava fa poc de l'ocupació japonesa de la península de Corea, entre 1910 i 1945. Com a mostra de la brutalitat dels mètodes emprats per l'exèrcit japonés d'ocupació, m'explicava el fet que els hòmens i dones de Corea ni tan sols no tenien el dret de portar noms coreans. Durant tot aquell període van haver de ser coneguts —si més no, oficialment— per noms japonesos.

Estàvem d'acord (i qui no n'estaria?) que furtar-li a la gent el dret de dir-se com es diu és un bon indicador de la capacitat que tenim els humans per a exercir la crueltat. Potser sembla poca cosa, això de canviar els noms, al costat de les bombes, els assassinats, les violacions i les tortures. I tanmateix no ho és. En primer lloc perquè aquesta forma de violència és complementària de les altres, i no les estalvia de cap manera. I també perquè furtar-li el nom a una persona és també negar-li la dignitat, a la identitat i —per això mateix— menysprear el seu dret a l'existència.

En un moment de la conversa, vaig preguntar al meu amic (tothom el coneix per Sento) quin nom figurava al seu document d'identitat. Em confessà que hi deia 'Vicente' i, una mica molest, s'afanyà a dir-me que no era ben bé el mateix que el cas dels coreans. Per què no? —li vaig preguntar. Em va aclarir que a ell no li semblava el mateix perquè ara sí que pots posar Vicent al teu carnet, si vols. Que ell no ho havia fet un poc per mandra, i un poc per tradició familiar. Imagine que la mateixa tradició (es veu que el carnet de son pare també es deia 'Vicente') que l'ha portat a posar a la seua filla el nom d'Amparo (“és que a la meua sogra li hauríem donat un disgust si li posàvem Empar”).

Efectivament, el meu amic té raó. Ara pots tenir un fill i posar-li Xavier, Jaume, Mercé o Laia, si vols. Fa només quaranta anys no, però ara sí. Potser és precisament perquè ja no cal prohibir-ho, ara que raons tan potents com la peresa o la tradició fan el mateix paper, i queden molt més elegants que les amenaces amb la baioneta calada i els colps de culata. Molt més fins, molt més presentables, i considerablement més moderns.

L'autèntica colonització no triomfa quan l'exèrcit invasor ocupa un territori. Ni tampoc quan els ocupants han imposat les seues lleis o han aconseguit de fer aprendre la seua llengua a tot el poble vençut, ni quan els han convertit la terra en una mera província (en llatí: terra vençuda). La vertadera colonització s'assoleix quan els colonitzats comencen a pensar com els colons. Quan troben normals, naturals, i fins i tot tradicionals les imposicions que els han forçat a assumir —temps arrere, això sí— per la força de les armes, i estan disposats a perpetuar-les.

La vertadera colonització és la colonització mental; la que se'ns instal·la a l'interior del cervell i ens fa mirar la realitat i el món des del punt de vista d'uns altres, i no des del nostre. Eixa és l'única força capaç de fer creure, a una persona d'intel·ligència normal, que la imposició de noms japonesos és una cosa radicalment distinta de la imposició de noms castellans. Davant de tan notable evidència, crec que haurem d'admetre que la capacitat més excelsa i més desenvolupada dels éssers humans és la d'autoenganyar-nos.

(http://hortaestant.blogspot.com)

lunes, 28 de septiembre de 2009

El último ojal...

Fue el otro día, en Gijón. Era domingo y hacía sol, y la playa, y el paseo marítimo, estaban a tope de gente remojándose en el agua o apoyada en la barandilla de arriba, mirando el mar. Todo apetecible y muy de color local, gente de allí en plan familiar sin apenas guiris. Era agradable estar de codos en la balaustrada, observando la playa y las velas de dos barquitos que cruzaban lentamente la ensenada. Había una cría dormida sobre una toalla junto a la orilla, y chiquillos que alborotaban entre los bañistas, y jovencitas en púdicos bikinis y mamás y abuelas en bañador respetable que charlaban mojándose los pies. Y un niño rubito y tenaz, un tipo duro que había hecho un castillo de arena y estaba sentado dentro, reconstruyendo impasible la muralla cada vez que el agua la lamía, desmoronándola. Lo que, por cierto, no es mal entrenamiento de vida cuando apenas se han cumplido siete años.
La pareja no me habría llamado la atención, había doce semejantes, de no ser porque vi el gesto de la mujer. Eran dos abueletes que habían estado un rato a remojo. Llevaba ella un vestido de esos veraniegos para señora mayor, estampado, con botones por delante, y una cinta en el pelo que recogía el cabello gris. Era regordeta y menuda. Él estaba en bañador, calzón de playa de color discreto, y se abotonaba despacio, con dedos torpes, los botones de la camisa gris de manga corta. Tenía las piernas flacas y pálidas, de jubilado al que le queda verano y medio, y la brisa le desordenaba el pelo blanco alrededor de la frente salpicada, como sus manos, con las motas que la vejez imprime en la piel de los ancianos. Los dedos del hombre no acertaban con el último ojal, y vi que la mujer le apartaba delicadamente la mano y se lo abotonaba ella, y luego con un gesto lento y tierno, le pasaba la mano por la cabeza, como si quisiera arreglarle también un poco del pelo, peinárselo con los dedos y dejarlo un poco más guapo y presentable.
Me quedé mirándolos hasta que se alejaron camino de las escaleras, y aún vi que él se apoyaba en el hombro de ella para subir los peldaños. Y me dije: ahí los tienes, Arturín, toda la vida juntos, cincuenta años viéndose el careto cada día, y los hijos, y los nietos, y cállate, y lo que yo te digo, y el fútbol y aquella época en que él volvía tarde a casa, y el mal genio, y el verlo tanto en sus momentos de hombre que se viste por los pies como en los momentos de miseria; y en vez de despreciarlo de tanto asomársele dentro, de no aguantarlo por gruñón o por egoísta, ella aún tiene la ternura suficiente para ponerle bien el pelo después de abrocharle ese último botón en el ojal. Y a lo mejor él ha sido un tío estupendo o un canalla, y eso no tiene nada que ver, y resulta compatible con el hecho de que ella, que parió sola, que se calló por no preocuparlo cuando se sintió aquel bulto en el pecho, que se ha estado levantando temprano todo la vida para tener paz en una cocina silenciosa, le siga profesando una devoción que nada tiene que ver con lo que llamamos amor; o a lo mejor resulta que el amor es eso y no lo otro, ese ejercicio de lealtad que puede consistir en repeinarlo con la mano y decirle ponte guapo, Manolo. En que ella, que siempre fue al médico sola hasta cuando pensó que se iba a morir, entre en la consulta con él y le diga siéntate aquí, anda, estate quieto, que ahora viene el doctor. En cerrarle con disimulo la bragueta cuando él sale a pasitos cortos del servicio. En dedicarle una vida que el no siempre supo merecer.
Y ahora él depende de ella, y es ella la que lo sostienen como en realidad lo ha sostenido siempre, y un día Manolo, o como se llame, dirá adiós muy buenas; y ella, que renunció a tantos pequeños sueños, que se impuso a sí misma un extraño deber unilateral, que no vivió nunca una vida propia que no fuera a través de él, se quedará de golpe quieta y vacía, perdida su razón de ser, con hijos y nietos que de pronto se antojan lejanos, extraños. Añorando la cadena que la ató recién cumplidos los veinte, cuando casarse, poner una casa, tener una familia, era un sueño maravilloso como el de las poesías y las películas. A lo mejor, antes de hacer mutis, él tiene tiempo decencia y lucidez para darse cuenta de lo que ella fue en su vida. Y entonces echará una lagrimita y le dirá eso de que lamenta haberla tenido como una esclava, etcétera. Y ella, una vez más, se callará y le pondrá bien el pelo, para que agonice guapo, en vez de decirle: a buenas horas te das cuenta, hijo de la gran puta.
Arturo Pérez Reverte

miércoles, 23 de septiembre de 2009

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Tragafuegos

Vulva al rojo vivo
abierta al límite pariendo lumbre.

Erupción que fulmina al aire corrompido.

Escupe en pleno rostro del crepúsculo,
vomita sobre el asno de oro
que campea sus falsos estandartes.

Tu grito incandescente
hará brotar las heces que la ciudad esconde.

Cuerpo que día tras día acumulas veneno,
panal donde se forja la redención del alba.

Una gota en cada uno de tus poros
tendrá que ser la chispa
que propague el incendio.

Iliana Godoy

miércoles, 26 de agosto de 2009

Amor y libertad

Soy el mismo, como antes, enemigo declarado de la realidad existente, sólo con esta diferencia: que he cesado de ser teórico, que he vencido, en fin, en mí, la metafísica y la filosofía, y que me he arrojado enteramente, con toda mi alma, en el mundo práctico, el mundo del hecho real.

Créeme, amigo, la vida es bella; ahora tengo pleno derecho a decir eso, porque he cesado hace mucho de mirarla a través de las construcciones teóricas y a no conocerla más que en fantasía, porque he experimentado efectivamente muchas de sus amarguras, he sufrido mucho y he caído a menudo en la desesperación.

Yo amo, Pablo, amo apasionadamente: no sé si puedo ser amado como yo quisiera serlo, pero no desespero; sé al menos que se tiene mucha simpatía hacia mí; debo y quiero merecer el amor de aquella a quien amo, amándola religiosamente, es decir, activamente; ella está sometida a la más terrible y a la más infame esclavitud y debo libertarla combatiendo a sus opresores y encendiendo en su corazón el sentimiento de su propia dignidad, suscitando en ella el amor y la necesidad de la libertad, los instintos de la rebeldía y de la independencia, recordándole el sentimiento de su fuerza y de sus derechos.

Amar es querer la libertad, la completa independencia de otro; el primer acto del verdadero amor es la emancipación completa del objeto que se ama; no se puede amar verdaderamente más que a un ser perfectamente libre, independiente, no sólo de todos los demás, sino aun y sobre todo de aquel de quien se es amado y a quien se ama.

He ahí mi profesión de fe política, social y religiosa, he ahí el sentido íntimo, no sólo de mis actos y de mis tendencias políticas, sino también, en tanto que puedo, el de mi existencia particular e individual; porque el tiempo en que podrían ser separados esos dos géneros de acción está muy lejos de nosotros; ahora el hombre quiere la libertad en todas las acepciones y en todas las aplicaciones de esa palabra, o bien no la quiere de ningún modo; querer la dependencia de aquel a quien se ama es amar una cosa y no un ser humano, porque no se distingue el ser humano de la cosa más que por la libertad; y si el amor implicase también la dependencia, sería lo más peligroso e infame del mundo, porque sería entonces una fuente inagotable de esclavitud y de embrutecimiento para la humanidad.


Todo lo que emancipa a los hombres, todo lo que, al hacerlos volver a sí mismos, suscita en ellos el principio de su vida propia, de su actividad original y realmente independiente, todo lo que les da la fuerza para ser ellos mismos, es verdad; todo el resto es falso, liberticida, absurdo. Emancipar al hombre, he ahí la única influencia legítima y bienhechora.
Abajo todos los dogmas religiosos y filosóficos –no son más que mentiras–; la verdad no es una teoría, sino un hecho; la vida misma es la comunidad de hombres libres e independientes, es la santa unidad del amor que brota de las profundidades misteriosas e infinitas de la libertad individual.

CARTA A PABLO

Mijail Bakunin
París, 29 de marzo de 1845

Apólogo y meridiano del amante

Entonces mi breve furia se acogió
al doliente arrebol de tus rodillas
hincadas a la mitad del alma
—y el alma se mostró caballunamente cadavérica.

Silencioso, pero todavía no vencido,
avanzo como la hormiga real
fascinado por la ciencia de tu naturaleza de gata.
Hoy era miércoles, era una repentina penumbra.
Luego vacilé como ante una muralla transparente,
porque los balcones de tu pecho ardían
y mi espada sin filo sólo era un cielo roto.

A mi vez ardí cuatro semanas sin monedas para el alquiler
ni para el vino; me saqué los ojos cinco momentos
para no ver al médico ni a la depresiva enfermera.
¿Cómo es que a tu lado no huele a hospital?
¿Por qué me dejas con el goce a secas?
¿Cuándo con un demonio podré sitiar ese horizonte desalmado?

Aspiro tus manzanas, tus duraznos,
tu dominadora rosa de cobre. No aspiro más ni aspiro a más.
Así la flecha que no partió jamás del seno de su dueña.
Tramonto colinas, traspaso eléctricas fronteras,
alzo los brazos, clamo y vocifero de manera desdeñosa
cuando lamo leve sangre en tu hombro
—y mis dientes estallan alucinados
porque ya han aprendido la lección de la sábana y sus colmillos.

Tú tienes dos alas, dos ojos, dos palomas,
dos brazos, dos piernas, una boca
fosforescente,
una meridiana entrepierna.

Di salvación a tu cuerpo
con el atavío de las danzas vespertinas;
al empezar el agua nocturna
te dominé de mil maneras.
Tus caderas rechinaron como la última carroza del cortejo.
Tu cuerpo, tu almendrado sexo
despedía los secretos de la resina.

Acrecí mi amor hasta parecer un gigante
aburrido en los herbazales.

Amanecí enanizado hasta la misericordia.

Acida es la lengua del hombre,
agria la voz del ángel que huele a humo,
eterizada la palabra de tu dorso
y aceitosos los vocablos de tus murmurantes nalgas.

No discutamos nunca,
porque nada hay más insidioso que la mordedura rechazada
el doble universo que no me niegas
el asunto de mis desnudas tenazas
la crisis de mis miedos nocturnos
las cuestiones fálicas de mis profecías
la incineración de un guerrero cuya grandeza es la podredumbre
las almohadas que me convierten en tu lacayo
tu cintura tus largos dedos...

A tu lado, a un minuto de la cosecha,
soy una luna fría de ningún crepúsculo.
Te poseo celestialmente —imagino—
y ambos celebramos una danza sin ofrendas ni sacrificios.
Verificamos ondulaciones, uñas,
sudor, saliva, posturas incómodas,
metamorfosis, escamoteos,
preocupados ríñones, míticos nectáreos seminales,
astuta lucha a muerte fratricida.

El guerrero ha perdido la paz, no la guerra...

Efraín Huerta

De la Revista de la Universidad de México, marzo-abril de 1970

Pandémica y celeste

Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos de hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
Desnudo de cintura para abajo,
Hipócrita lector - mon semblable - mon frère!

Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo hacia otros cuerpos
a ser posible jóvenes:
Yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir -aunque sea nada más que un momento-
igual deslumbramiento que a los veinte años!.

Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
- con cuatrocientos cuerpos diferentes -
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.

Y por eso me alegro de haberme revolcado
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
Mientras buscaba ese tendón del hombro.
Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones...
Aquella carretera de montaña
y los bien empleados abrazos furtivos
y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
pegados a la tapia, cegados por las luces.
O aquel atardecer cerca del río
desnudos y riéndonos, de hiedra coronados.
O aquel portal en Roma en vía del Babuino.
y recuerdos de caras y ciudades
apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
y de infinitas casas de baños,
de fosos de un castillo.
Recuerdos de vosotras, sobre todo,
o noches en hoteles de una noche,
definitivas noches en pensiones sórdidas,
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!
La historia en cuerpo y alma, como una
imagen rota,
de la langueur goutée a ce mal d'être deux.
Sin despreciar
- alegres como fiesta entre semana -
las experiencias de promiscuidad.

Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
Íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches mismas que te robo,
tu juventud, la mía,
- música de mi fondo -
Sonríe…

(…)

Jaime Gil de Biedma

miércoles, 19 de agosto de 2009

sólo tú sabrás...

“Ignoro cuándo, para quién y cómo
estas palabras son las que desdoblan
el hueco informe en que me instauro, fluye
mi voz y avanzo, me dibuja un río
que le inscribe y me borra. Sólo tú
sabrás quién habla, dónde está, qué somos...

Jenaro Talens

SONRÍA ESTÁ SIENDO VIGILADO